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Diagnostico prenatal

Por M. Elena UNdurraga

El 20 de mayo de 1997, a las 2:30 de la tarde, la Clínica Las Condes estaba repleta. Algo muy importante ocurría. Anita estaba naciendo. Los familiares y amigos de María Elena Undurraga y Juan Francisco Gutiérrez, -sus papás- los acompañaban en un momento crucial de sus vidas.
El 20 de mayo de 1997, a las 2:30 de la tarde, la Clínica Las Condes estaba repleta. Algo muy importante ocurría. Anita estaba naciendo. Los familiares y amigos de María Elena Undurraga y Juan Francisco Gutiérrez, -sus papás- los acompañaban en un momento crucial de sus vidas.

 

Iván Andrés Blázquez

Han pasado siete años y María Elena está orgullosa porque ve en su hija la cosecha de un trabajo arduo y dedicado. Anita cursa primero básico, y está aprendiendo a leer y a escribir. Su historia se inició cuando María Elena esperaba a su séptimo hijo. En la ecografía de los cuatro meses, y después de un minucioso cuestionario, su médico le comentó que era probable -por algunos indicios que se observaban en las imágenes- que la guagua tuviera Síndrome de Down. Fue difícil, ahí comenzó el proceso interno para ir decantando la realidad. “Sólo cuando uno enfrenta las cosas y acepta la voluntad de Dios, llega la paz”, señala María Elena. Al principio, ella decidió no someterse a ningún examen más, y vivir el día a día. Pero su marido insistió en saber qué estaba pasando. Entonces se sometió a una prueba que consiste en extraer una muestra de sangre al cordón umbilical del feto (cordiosentesis). A los pocos días, el diagnóstico fue evidente: Era una niña y tenía Síndrome de Down. “A veces, me pillaba pensando ‘no, es que esto no me puede estar ocurriendo a mí’. La mente te juega malas pasadas en esos momentos. Fueron meses de mucha pena, que viví lo más íntimamente posible”.
En la ecografía de los seis meses y medio, se descubrió que la guagua venía con una serie de problemas de salud; el más grave, una anomalía cardiaca. El saber que su hija, además tenía otras complicaciones, los remeció fuerte. “Fue el remezón que necesitábamos, como matrimonio y como familia, para reaccionar. De golpe se me aclaró la película y me di cuenta de que cada hijo es un regalo de Dios, único e irrepetible, que viene a cumplir una misión en la vida. Entonces, ¿quién es uno para interponerse e impedir que la cumpla? Me entregué y me dije ‘es mi hija y la quiero a como dé lugar’”.
Ante la adversidad María Elena salió fortalecida. Le contó a todo el mundo lo que estaba sucediendo y desde entonces esperó la llegada de su hija con mucha ilusión.
El día que Anita nació fue muy bienvenida, porque para nadie era una sorpresa. María Elena insiste en que “haber sabido desde antes lo que pasaba nos ayudó muchísimo a prepararnos. El apoyo del doctor Fernando Zegers y del personal de Clínica Las Condes fue radical, en lo médico y en lo humano. Me llamaban todos los días para saber cómo estaba. Cuando la Anita nació, la encontré tan linda. Miro hacia atrás y no me imagino la vida sin ella”.
Hoy, después de soportar seis operaciones durante sus dos primeros años de vida, la Anita es una niña encantadora, feliz, que “hace una vida integrada a la familia. Comemos juntos en la mesa, viajamos juntos y la incorporamos en todo lo que hacemos. Con decirte que cinco de mis hijos, que participan en la agrupación católica Familia Misionera, fueron con ella a misionar a Quillota; alojó en carpa y participó en todas las actividades. Es increíble cómo estos niños son capaces de dar tanto, si uno les da la oportunidad”.
Con su encanto natural, la Anita ocupa un lugar fundamental en la familia Gutiérrez Undurraga. Sus papás y hermanos reconocen el bien que les ha hecho a todos. “Hemos crecido. Nos ha hecho ser mejores personas. Es muy alegre, cariñosa y preocupada por los demás. Cuando le pregunto “¿Cómo te fue, cómo estás?” ella me contesta “Bien, pero ¿cómo estás tú, mamá?”.

Artículo publicado en la revista Vivir Más de clinica Las Condes en Mayo de 2005

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